París: Sola en la ciudad del amor

París: Sola en la ciudad de amor (por Michelle Randi)

Ninguna agencia de viajes sabrá venderte Paris sin que se les escape de los labios que es la ciudad más romántica del mundo. Hagan la prueba y van a ver cómo les quema la lengua hasta que te lo dicen. Y me gustaría decir que yo tenía razón cuando pensé que eran unos exagerados, pero no fue el caso. Era verdad.

Cuando escuché el francés en la azafata que anunciaba el aterrizaje, supe que era demasiado tarde, ya me había metido en la ciudad del amor sin alguien que me agarre la mano durante la turbulencia.

Busqué rápido mi valija y salí del aeropuerto, intentando ignorar el paisaje que parecía un filtro de Instagram de tonos rosados. Pedí un taxi hasta mi departamento, encontré las llaves donde me habían indicado que estarían y me acosté en una cama que, por una semana, sólo me acompañaría a mí.

Tal vez hubiese sido más fácil estando soltera. Teniendo una pareja a miles de kilómetros, Paris te burla en cada esquina. Te mira fijo a través de flores que nunca serán tuyas y se ríe con cada “café para uno” que podría ser para dos. La torre Eiffel pasó toda la tarde posando para ser admirada por enamorados compartiendo vinos en picnics cálidos. Cada tanto me espiaba confundida preguntándose con quien iba a compartir el mío.

Subí 402 escalones para ver el atardecer desde lo alto de Notre Dame, y en ese preciso instante mientras el cielo cambiaba de color sobre los edificios, no me sentí tan sola. A veces la ciudad se baña de empatía y sabe ser ese amante ausente, usando la música de un artista callejero que toca la guitarra debajo del Arco del Triunfo para decirte que te ama. Manifestándose en un pintor de Montmartre para destacar tus ojos con acuarelas. Te sumerge en la librería Shakespeare & Company para abrazarte con libros y poemas.

Empezaba a pensar que Paris se había apiadado de mí hasta que una noche me perdí. Todos dicen que es el lugar indicado para perderse, pero sola y extrañando, fue un viaje sin escalas hacia un mundo de fantasías. Me crucé con un restaurante muy elegante en Champs-Élysées donde me imaginé protagonizando una cena romántica con tacos y un vestido largo, para después caminar por entre varios grupos de jóvenes armándose picadas a los pies del Sena. Y ni siquiera voy a intentar describir las fantasías apasionantes que te disparan las luces del Moulin Rouge y un paseo por el distrito rojo de Pigalle.

Dos meses antes de viajar leí la frase “a París siempre se vuelve” y ahora sueño con que sea cierto. Sueño con volver acompañada para escribir mi propia historia de amor en el escenario perfecto para todo cuento. Pero hasta entonces, Paris tendrá que sobrevivir con un candadito menos.

Texto y foto: Michelle Randi.